Me gustaba, creía que era magnífico. Así que, decidí dar el paso y verlo. Contacté con esa persona, que tenía los mismos intereses que yo. Tras decenas de mensajes, acordamos vernos en un lugar un tanto impersonal, ajeno a la vida de ambos. Al encontrarnos, tengo que admitir, que la imaginación y la sugestión, superaron de largo a lo que fue la realidad. Lo cierto es que el encuentro careció de magia.

Debo confesar esta experiencia no fue amorosa, sino que fue una compra online. Con éste símil, pretendo ilustrar lo visceral que puede resultar comprar en línea.

Mi experiencia personal, no fue muy positiva. El producto que me llevé a casa, por un precio muy razonable, no ha entrado a formar parte de mi vida. Más bien todo lo contrario, se ha quedado en el trastero.

Supongo, que faltó “amor” en la experiencia de compra. Si hubiese existido sensibilidad, una buena comunicación, la expresión de un valor añadido y exquisitez en la experiencia; aunque el precio hubiese sido más elevado, el “amor” podría haber sido eterno.

Propongo reflexionar sobre las compras online. Se trata de un acto marcadamente consumista, que nos aleja cada vez más del arquetipo de comprador consciente. Es cuando compramos de forma consciente, que encontramos el amor eterno.

Concluyo apuntando lo siguiente; para una experiencia plena, la compra offline, para todo lo demás, la compra online.

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